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Capítulo 2: Y si habla mal de España… es un spaniard

Maikel Werken

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-¡Están devolviendo españoles!

Recuerdo claramente, arruga a arruga, la cara de asco de aquella diplomática del consulado de Chile en Madrid, mientras sus labios dibujaban estas palabras.

Lo dijo como si su empresa hubiera tenido que mandar de vuelta un stock de mercancía con tara. «Están devolviendo españoles tarados», podía haberme dicho con la misma mueca y semejante entonación.

O podía haberme regurgitado encima el desayuno. Lo habría pillado igual. El mensaje era evidente hasta para el menos astuto: Yo no era bienvenido.

¿Cuál era el problema? ¿Cuál el error criminal que yo había osado cometer para que esta señora quisiera enterrarme bajo esas paladas de despecho?

Mi sinceridad. La incómoda verdad. Admitir abiertamente que mi intención en el país andino era la de buscar un trabajo.

-Como diga en la aduana que va a buscar trabajo, lo fletan en el primer avión y lo mandan de vuelta para casa, -me advirtió o me amenazó, quitándose las gafas, como dando el asunto por zanjado.

Perfecto. ¿Y a cuento de qué esta hostilidad? Echando mano de un burdo, pero oportuno, juego de palabras: ¿Dónde había quedado su diplomacia?

Ok. Rebobinemos.

¿Recuerdas haber oído a alguien, durante la pasada década, decir eso de «los extranjeros nos quitan el trabajo» o «para mano de obra barata ya están los que vienen de fuera» o algún tipo de comentario despectivo acerca de pateras, morenos o tamagochis? ¿Lo recuerdas? ¿Eh, lo recuerda alguno de ustedes? ¿Ahora todos callan en la sala, panda de víboras?

Genial.

Porque, en este momento, gente como yo es la que paga el pato de cada actitud odiosa del españolito medio.

El gobierno de Chile, entre otros países emergentes de Sudamérica, ha puesto el cartel de «completo» basándose en un principio de reciprocidad. No es broma. Así lo llaman. Y, ¿qué queréis que os diga? Me parece hasta lógico. No se rasguen aún la camisa.

España se creyó lo más, hasta que la «Gran Crisis» de 2008 le devolvió los pies a la tierra. Los empresarios, los políticos y hasta el paleta de turno, estaban encantados, se daban palmaditas en el pecho por tener a gente llegada de fuera, a sus órdenes, haciéndoles el trabajo sucio. Lo revestían todo de eufemismos como «integración» o «igualdad de oportunidades» o «interculturalidad», pero se trataba del mismo sistema explotador y capitalista de siempre. Así que, por mucho que me jodiera el rencor en las palabras de aquella mujer, no pude hacer otra cosa… más que suplicar ayuda. Yo ya tenía el billete comprado. No había elección.

-¡Pues dígame qué puedo hacer, señora! Yo ya tengo los billetes… Mi vuelo sale en una semana… ¡Ya no puedo echarme atrás!

-¡Ustedes, los españoles, se creen que pueden hacer lo que les venga en gana!

-¡Oiga! Llevo tres días pateándome Madrid, de ministerio en ministerio, para certificar mi título… Y ésta es la primera noticia que tengo de que…

-Ustedes, los españoles, se piensan que el resto del mundo es como España, pero se equivocan. Chile salió de una dictadura no hace demasiado. Los derechos sociales son algo prácticamente nuevo. La mentalidad es distinta… No es tan avanzada, como acá, en Europa… Por ejemplo, eso de los matrimonios entre homosexuales… allí no se da.

-Yo no soy gay, señora. Sólo quiero entrar a su país por unos meses. ¿Podría hacer el favor de decirme qué tengo que hacer?

-¡Ustedes, los españoles…!

-¡Pero quiere escucharme y dejar de decir eso! ¡No la pague conmigo! ¡Yo sólo quiero saber cómo puedo entrar a Chile para estar seis malditos meses!

Su pupila oscura se clavó en mí, como la mirada de un chulo de discoteca buscando camorra. Luego, suspiró. Movió la cabeza de izquierda a derecha, mirando sus papeles, y se calzó de nuevo las gafas.

-Mire, joven, si quiere entrar en Chile… No diga que va a buscar trabajo. Diga que viaja por turismo. Lo más probable es que le pregunten. Puede que hasta le hagan un interrogatorio en profundidad. ¿Cuál es el motivo de su viaje a Chile y por qué su billete tiene fecha de salida seis meses después? Invéntese una buena historia.

Inventarme una historia. ¿Eso era todo? Si había enseñado a otros a inventarlas, debía saber hacer esto. Más, cuando era mi propio futuro lo que había en juego. ¡Claro que inventaría una historia! La mejor historia que se hubiera contado nunca en una aduana. No me pararían los pies, si había un argumento que pudiera salvarme.

La diplomática se despidió de mí con un «Ya, buena suerte». La clase de suerte que se le desea al condenado a perpetua o a quien lleva dos meses en huelga de hambre. Yo le correspondí con un «gracias» de los que sueles dar al camarero que te sirve un café, sin cuchara ni azucarillo, y sin mirarte a la cara. Formalismos, ya se sabe.

Al día siguiente, regresaría para casa. Saldría del corazón podrido de España, hasta que tuviera que volver a Barajas para tomar nuestro vuelo. Pero antes de irme, mi intención era quedar con Pablo, un buen amigo, que llevaba años trabajando en la Bolsa. Me invitaba a cenar en un japonés, cerca de Méndez Álvaro. Y yo, que tenía la cartera arañada de tanto rascarla y nunca había probado el pescado crudo, no supe decir no.

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Pedimos un menú a base de nagiri, pez mantequilla, fideos y tres cervezas por barba y, como cada vez que nos encontrábamos, tratamos de arreglar el mundo en una charla de poco más de una hora. Siempre me ha gustado discutir con Pablo porque, aunque pensamos igual para algunas cosas, nuestras ideas son radicalmente opuestas en temas económicos o políticos. Pablo es un fatalista o un realista, que en su caso es lo mismo. Con él siempre puedo sacar mi vena más extrema. Él nunca se irrita. Si acaso suele ponerse en plan condescendiente conmigo o tomarme a broma.

-La vida es así, Maikel, -me dijo, con la boca llena de sushi-. Para que unos estén bien, otros tienen que ser pisoteados. Hace años nos iba viento en popa a nosotros, ahora les toca a ellos. Unos suben y otros bajan. La economía mundial es como la marea. Algo natural.

-Si me parece genial, Pablo… Pero, ¿qué culpa tengo yo? La tipa del consulado me hablaba como si fuera un delito tener que emigrar. Créeme, no me voy para allá por mi «espíritu aventurero», como dirían esos imbéciles del PP…

-Nah, un poco sí… Es tu forma de ser. Eres un culo inquieto.

-Bueno, tal vez. Pero si tuviera un buen trabajo aquí…

-…Y si yo tuviera una escoba. El mundo no es justo, Maikel. Todos queremos un trabajo fijo, un techo, cuatro ruedas y un iPad. Pero eso es imposible.

-Yo no quiero un iPad… Si acaso un lector de ebooks. Por cierto, recuerda que mi cumpleaños está al caer.

-Te estoy invitando a cenar… ¿No te parece bastante?

-De momento… Pero ése no es el caso. ¿Por qué no se ponen de acuerdo de una vez todos estos malditos gobiernos y proporcionan una vida digna a todo el mundo? Hay recursos de sobra y lo sabes.

-Porque eso es una utopía y a ti se te han subido las cervezas a la cabeza. Éste es el sistema que tenemos. Para bien o para mal… ¿Sabes? A veces, veo esas cifras fluctuar arriba y abajo y pienso que no son sólo cifras. Hay algo más. A veces, caigo en que hay personas detrás de esos números.  Se especula con alimentos, esperanzas de vida… ¡Las economías de países enteros! Yo, en ocasiones, las veo. Veo a las personas. Lo que no tengo tan claro es que los grandes empresarios que mueven todo esto puedan verlas también…

Y, limpiándose un resto de wassabi de los labios con una servilleta, añadió:

-Venga, dejémonos de historias… ¡Brindemos!

Tomé mi jarra de cerveza y pregunté:

-¿Por qué brindamos?

-Porque no te toque un rencoroso hijo de puta como jefe, cuando estés allí.

-¡Salud!

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