Capítulo 3: La mayor mentira jamás contada

Maikel Werken

Mentir está mal. Al menos, eso nos decían de pequeños.
Pero eso, en sí, ya es una mentira.

Mentir es parte de nuestra capacidad de supervivencia. Como correr tras el bus, administrar los cigarrillos, estirar el sueldo o invitar a copas con segundas intenciones.

Todos mentimos. Todos. Por despecho, por compasión, por interés, para evitar el dolor ajeno… Así, acabamos convertidos en esclavos de nuestras propias mentiras. Recuerdo que alguien dijo: «La verdad os hará libres» y, aunque suene a polvorienta cháchara bíblica, hay algo de cierto en esto. No existe un modo más sencillo de ser libre, que decir la verdad. La verdad aunque mate, la verdad aunque duela. Cuando se vive sin mentiras, sin la necesidad de agradar o de caer bien, se vive con auténtica libertad. Es el camino contrario al del miedo.

Lástima que ésta sea la senda que, salvo raras excepciones, nadie decide tomar. Porque en una sociedad construida a base de mentiras, una verdad desmonta cimientos. Y nadie quiere quedarse sin tierra firme que pisar.

De modo que, una vez más, aquí me encuentro: urdiendo mi propia mentira. Una mentira profesional. Una mentira XXL, que me asegure el acceso a territorio chileno.

La mentira no lo es, en todo su conjunto. Contiene matices de verdad. Es como una de esas cookies con tropezones de chocolate. Las pequeñas verdades siempre ayudan a endulzar una mentira.

Mi padre se encuentra escribiendo un libro que tiene a algunos de los grandes escritores chilenos (léase Neruda, Gabriela Mistral, Manuel Rojas, Huidobro, De Rokha…) como parte de su reparto. Mi padre es escritor. Escritor con libros editados, no como el eterno aspirante de su hijo. De hecho, acaba de publicar su última obra, que llevaré conmigo como un salvoconducto: Un libro con el apellido Werken en la portada. Eso aportará peso a mi historia.

En la maleta figura ya un listado de sitios emblemáticos y una ruta de ciudades a lo largo de toda la geografía chilena, por la que su presunto investigador de campo, -que soy yo-, deberá transitar en busca de testimonios y documentos gráficos que no sean extraídos de la Wikipedia. ¿Que por qué en mi billete consta una salida del país seis meses después? Porque de otra forma no podría recorrer de La Serena a Concepción siguiendo las huellas de tan ilustres literatos. ¿O cree usted que puedo saltar de Coquimbo a Valparaíso, de ahí a Chillán, luego a Talca, hasta Licantén en cuestión de días? No, señor. Para eso necesitaré bastante tiempo. ¿Que si no sé que sólo puedo permanecer en el país tres meses? Claro que lo sé. Es por ello que dispongo de una reserva de autobús que me llevará de Santiago a Mendoza, cruzando la frontera chileno-argentina y saliendo del país a tiempo, antes de que caduque el plazo estipulado en mi visado. Allí me esperan unos amigos de Córdoba, con los que pasaré un tiempo, antes de regresar y tomar mi avión de regreso en la capital. ¿Que qué hace este título universitario de Documentación en mi maleta? ¡Por favor, señor! Soy documentalista. Es mi profesión. ¿Cómo pretende que acredite mi condición si les pido a los herederos de alguno de estos magnos poetas que me dejen ver las notas de su puño y letra y hurgar entre sus calzoncillos?

Montar la coartada me lleva una semana, un amasijo de nervios que aplaco a base de Orfidales y meditación y una bipolaridad, que me lleva a hablar sólo por la calle, manteniendo esta hipotética charla en mi cabeza, una y otra vez, una y otra vez…

¿Qué quieren que les diga? Creo que hay algo peor que mentir y es no reconocer una verdad. Evadirla, negarla hasta sus últimas consecuencias. Eso lo saben bien los estados de todo el mundo. Por ejemplo, en Alemania se evita hablar del nazismo. En Ucrania, se evita hablar de Chernóbil. En Chile, no se puede hablar de la opresión al pueblo mapuche, ni de Pinochet, ni de los desaparecidos. En Italia, de los vínculos de la política con la Cosa Nostra. En Suiza, de evasiones fiscales. En Cuba, hasta hace poco, no se podía hablar de algo que no fuera comunismo, mucho menos de homosexualidad. En el Vaticano evitan hablar de pedofilia. En Estados Unidos, que nadie hable de estados terroristas que llevan a cabo guerras preventivas, ni de quemar banderas, ni de quitarles su derecho a portar armas. En Corea del Norte, no se habla de nada que no sea Corea del Norte. En Gaza no debe hablarse de judíos con actitudes nazis. En China… ¿se habla en China de explotación laboral? ¿Y en Somalia? ¿Se habla de explotación infantil? En Túnez no debe hablarse de derechos de la mujer, ni en Afganistan debe hablarse del opio. En Guantánamo se ríen de ti, si alguien dice una palabra sobre Derechos Humanos…

¿Y en España? En España no se puede hablar de mangantes de alto standing. Ni de una realeza corrupta impuesta por un fascismo rancio y ultracatólico. En España, nadie puede hablar de vergüenza, porque no la tienen. Porque es más sencillo soltar a sus perros rabiosos si alguien sale a señalar a los culpables con el dedo.

Así que, ¿quién miente, en realidad? ¿A quién pertenece la mayor mentira jamás contada?

Aplasto la ropa de invierno dentro de mi maleta, mientras pienso que no, que mentir no está tan mal.

Después de todo.

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