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Capítulo 4: Despega como puedas

Maikel Werken

Aeropuerto de Alicante, 23 de febrero de 2013:
Hoy es el trigésimo segundo aniversario del día en que el rey de este país consiguió ganarse el título de «majo». Majo, además de «majestad». Y todo gracias a un coronel de la guardia civil cabreado con la democracia y esa mierda de que el pueblo decida quién debe gobernarles. Lo que han cambiado las cosas…

Los trabajadores de Iberia retoman hoy sus actividades, tras cinco días de huelga intensiva. Se les nota en el retintín sarcástico del tono de voz. Lucía y yo hacemos cola en el mostrador de facturación, con los párpados cosidos por la falta de sueño: Anoche, descubrimos que nuestra reserva de avión había sido cancelada sin previo aviso.

Tras una llamada de una hora al extranjero y quince euros, que pesan como quince kilos más en mi factura telefónica, conseguimos dos billetes para un vuelo que salía cuatro horas antes. Se nos juntó el vino de la cena con el café a mitad de madrugada. El acelerador aplastado contra la alfombrilla, mientras devorábamos kilómetros de autovía antes de la salida del sol…

Llegamos al aeropuerto y nos dirigimos a los mostradores a poner una reclamación, pero las dos compañías por las que opera nuestro vuelo (Iberia y American Airlines) nos envuelven en papel mojado y se pasan la pelota con la destreza de la selección de balonmano. El vuelo sale en dieciocho minutos y nuestro riego sanguíneo se enfrenta a una dura decisión: O correr, o pensar… El instinto toma la decisión por nosotros y nuestros pies despegan del suelo, a bordo de un autobús con alas.

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Aeropuerto de Barajas, 23 de febrero de 2013:
Tomamos tierra y yo despierto de una siesta de veinte minutos creyéndome ya en América. Todo el avión huele a flatulencias. Dicen que es lo habitual, por los cambios de presión. Tenemos un par de horas para tomar el próximo avión, el que nos llevará hasta Dallas. Nos lo tomamos con calma.

Deambulamos por la zona comercial del aeropuerto, buscando una cafetería que sirva café de verdad y no ese sucedáneo triste que sirven en vasos de papel. Encontramos café de cafetera en un restaurante bufet y, pronto, la cafeína viaja de nuevo por mis venas. Consigo abandonar los gruñidos y volver a articular algunas palabras. Ahora, me bailan las rodillas. Me muerdo la uña del dedo meñique, distraídamente.
-¿Quieres parar con eso? -dice Lucía, refiriéndose a aquello, que le saca de quicio, y luego continúa: -¿Es que estás nervioso?
En este punto, no sé si se refiere a mi problema habitual con los transportes que abandonan tierra firme o al hecho de pretender entrar a un país que puede deportarme, al día siguiente, si no se traga mi flácido argumento.
-Un poco. Pero esto acaba de empezar, -digo, contestando ambas cuestiones.

¿En eso consiste esta inquietud que me recorre? ¿O es otra cosa? ¿Y no será pánico por la empresa en la que estoy a punto de embarcarme? Desde que pagué el billete a Santiago he intentado no pensar demasiado en ello. He intentado tomarme todo esto como un juego, para evitar pensar que, de algún modo, estoy haciendo puenting con una cuerda vieja, atada a mi cintura. Todo este tiempo he esquivado la idea de que me estoy largando al exilio, a buscar un trabajo y, en lugar de ello, me he limitado a pensar que esto no es más que una excusa para poder tener otra historia que contar. Intento huir de mi futuro todo el tiempo, pero entre avión y avión me ha dado por pensar que, en algún momento, tendré que enfrentarlo. En un libro de Kapuscinski sobre periodismo se narraba una anécdota en la que un chaval de doce años perteneciente a una zona pobre, al ser interrogado sobre dónde se veía cinco años después, respondió: «Qué importa dónde vaya a estar en cinco años. Posiblemente ya no estaré aquí».  Y así con todos. En este Nuevo Desorden Mundial hemos perdido la noción de futuro. No sabemos dónde podremos estar en diez años, ni en cinco, ni mañana. Porque todo se ha vuelto demasiado rápido. Demasiado inestable. Mientras nos hemos vuelto espectadores de nuestras propias vidas, de las que huimos asustados, de un lado a otro, alentados por los medios que nos venden un mundo de terror, y sin poder hacer demasiado para evitarlo.

Apuramos el café porque el tiempo también vuela en los aeropuertos. La terminal 4 de Barajas es demasiado grande y para llegar hasta la puerta de embarque, hay que tomar un transporte: Una pequeña línea de tranvía. Escasos metros después, atravesamos un control policial rutinario, en el que la agente que hay dentro de la garita apenas revisa nuestros billetes. Todo parece demasiado fácil. Al llegar a la puerta de embarque, una de las azafatas nos indica que hemos de pasar otro control, éste de la aerolínea. Quedan cuarenta y cinco minutos para que el Boeing ponga el morro mirando a Dallas. Desandamos nuestros pasos, hasta el control de la aerolínea. Un par de cafés no son suficientes para despertarte de esta pesadilla, pero sí para removerte las tripas. Unas azafatas vestidas con los colores corporativos nos separan por idiomas: Francés, a un lado. Inglés a otro. Español, cómo no, al final. Mi talón golpea el suelo, impaciente. Quedan cuarenta minutos para que salga nuestro avión.

Nos interrogan por separado. ¿Cuál es el motivo de nuestro vuelo? ¿Viajamos solos? ¿Cuánto tiempo pensamos estar allí? Previamente, habíamos pactado que Lucía alegaría ir por su cuenta, ya que dispone de visado de estudiante por los seis meses. Yo alegaría viaje por turismo, narrando mi historia de la salida a Argentina para renovar por otros tres meses. Pero hay un problema. La chica de la aerolínea no se cree mi argumento. No me lo dice en ningún momento, pero lo leo en su cara. Me conducen a un mostrador, mientras que a Lucía ya le han proporcionado una pequeña pegatina que le otorga la posibilidad de embarcar sin problema. Veo cómo unos metros comienzan a separarnos y se me antojan ya kilómetros.

Otra azafata, -la de los casos conflictivos, supongo-, vuelve a hacerme las mismas preguntas que su compañera, tecleando algo en su ordenador y sin mirarme siquiera a los ojos. Observo el reloj que hay detrás del mostrador. Falta menos de media hora para que salga el vuelo. La azafata me pide los datos, una y otra vez, e insiste que sin nada que atestigüe que, efectivamente, voy a salir de Chile en menos de tres meses no puede dejarme subir al avión. Intento respirar hondo y no perder la calma. Le cuento que dispongo de una reserva de bus a Mendoza en mi correo electrónico, que sin tan sólo me deja consultar en su ordenador, podré demostrárselo. Se niega. «Esa no es la función de mi computadora», me dice. Parece una partida de ajedrez en la que hayamos quedado en tablas. Ella no puede hacer nada. Yo no puedo hacer nada. Le hago ver que mi vuelo sale en veinte minutos y saco mi último as de la manga: Me hago el cliente ofendido. Exijo el libro de reclamaciones. Le digo que ella y únicamente ella es la culpable de que yo vaya a perder mi vuelo. Que yo dispongo de mi reserva de bus a Argentina y que no estoy haciendo nada ilegal. Se lo piensa por un momento, pero finalmente accede y pega una minúscula pegatina en el dorso de mi pasaporte: Mi salvoconducto a Chile. Antes de dejarme ir me dice que se está jugando el puesto haciendo aquello. Créeme nena, yo me estoy jugando más que eso.

Mi rostro se ilumina con una sonrisa que ni la del gato de Cheshire y, tomando a Lucía por las caderas, la arrastro hasta la puerta de embarque. Subimos al avión. Despegamos. Y yo lo celebro con un Orfidal. Dulces sueños…

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Dallas Fort Worth airport, 23 de febrero de 2013:
No hay demasiado que reseñar. Aterrizamos… demasiadas horas después. Con el cambio de franja horario, no he llegado a calcularlas. Tengo tanto sueño que me siento inmerso dentro de una película yanki, más que en mi propia vida real. Banderas con barras y estrellas y ribetes dorados. Enormes tipos de color, con carnosos labios rosados y el timbre de voz de un blues singer me preguntan si tengo algo que declarar. «Las cookies del avión y un bocadillo de tortilla», respondo, sin molestarme en probar siquiera con el inglés.

Aunque creía que sería cosa de tópicos, como viajar a España y encontrar peinetas y trajes de luces, nos topamos con cantidad de hombres con trajes claros, cordones para el cuello y enormes sombreros tejanos en el aeropuerto de Dallas. Insisto, un sueño. Aún no creo haber estado allí.

Tras pasar por los controles y el arco de seguridad, buscamos una red wi-fi que me permita descargar el billete a Mendoza, antes de que las cosas vuelvan a complicarse. Un tipo con gorra y un mono ocres, con pinta de ser un mecánico o un limpiador, nos asiste para dicha labor con extraordinaria amabilidad. En la placa que cuelga de su pechera pone que se llama Troy, aunque yo en principio creí entender «Joey». Troy o «San Troy» como lo llamo cada vez que me acuerdo de él, comprende nuestro problema, pese a que nuestro inglés es catastrófico y él no entiende una palabra de español. Nos conduce a una tienda de electrónica donde nos consigue una conexión a internet y, después, nos conduce a un club de viajeros donde logramos imprimir el billete en papel. Después de eso, estrecho su mano, porque no sé de qué otro modo expresarle mi agradecimiento y San Troy vuelve a sus quehaceres celestiales. Nosotros nos dedicamos a fotografiarnos y a jugar a ver quién consigue deslizar más allá el equipaje de mano por los pasillos del aeropuerto de Dallas, para engañar al sueño. Por los altavoces llaman a los pasajeros del avión con destino a Santiago de Chile. Despegamos.

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Aeropuerto Arturo Merino, 24 de febrero de 2013:
Llegó la hora. Las manos me sudan. La cara me suda. Una pista de cemento pasa a gran velocidad ante mis ojos, mientras termino de redactar el papelito que nos ha proporcionado la tripulación, donde tengo que especificar qué voy a hacer en Chile, durante cuánto tiempo y dónde me voy a hospedar. Miento descaradamente, una y otra vez, siempre en base a mi coartada. Los temores me asaltan, pero en el fondo ya casi todo me da igual.

Salgo del avión sin contagiarme del entusiasmo del resto de los pasajeros. Parezco un preso en el corredor de la muerte. «Termine como termine esto, lo aceptaré», trato de convencerme. Lucía también va algo preocupada, pero trata de restarle importancia. Bromea sarcásticamente con mi deportación y, aunque no lo parezca, eso me anima. Vamos hasta la cinta de equipajes y recogemos los nuestros. Todo en orden. Salvo porque mi maleta parece haber recibido un escarmiento a lo Corleone. Uno de los alambres metálicos que le aportan sujeción asoma sin vergüenza fuera de la funda.

Nos situamos en la cola de las aduanas. Cada uno por su cuenta, como si no nos conociéramos, tal como habíamos hablado. Me calzo las gafas de sol y agarro fuertemente la maleta, como si tal cosa me sujetara al mismo Chile. La fila avanza y nos van llamando mediante carteles luminosos.
Es mi turno.
Voy hasta la ventanilla donde una agente de la Policía de Investigación requiere mi pasaje y mi pasaporte. Teclea. Trago saliva. Me dirige una mirada severa y pregunta: «¿El motivo de su viaje?».

Estoy a punto de vomitarle encima toda mi mentira. De contarle acerca de mi padre, el escritor. De sacar su libro y enseñárselo. De hablarle de Nicanor, de Pablo, de Gabriela, de Vicente y, ¿por qué no? hasta de Roberto Bolaño. De mostrarle mi billete a Mendoza, mi título en Documentación. De decirle que aún no conozco su tierra, pero ya amo Chile. Adoro Chile. Que estaría dispuesto a tatuarme en el culo su bandera, si hiciera falta… Pero, en lugar de todo eso, de mi boca sólo sale una palabra:
«Turismo».
La agente de aduanas estampa su sello sobre mi pasaporte y, sin sonreír, dice «pase».
«Pase», qué gran vocablo de cuatro letras. «Pase». Nunca pensé que me alegrara tanto de que me invitaran a pasar ningún lado.

A partir de aquí hay un desdoblamiento de mi personalidad: Un Maikel está cruzando serenamente la frontera entre tierra de nadie y la República de Chile, mostrando media sonrisa tras unas gafas de sol. Otro está dando saltos dentro de mí, besando el sucio suelo del aeropuerto y gritando para sí:
¡Lo conseguí, joder! ¡Lo conseguí!

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Capítulo 4: Despega como puedas Copyright © 2013 by Maikel Werken. All Rights Reserved.

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