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Capítulo 5: Bienvenidos al ¿paraíso?

Maikel Werken

Cantos de sirena tropical llegan a mi oído, envueltos en suaves voces, como de miel o de dulce de leche, mientras un ukelele acompasa sus «Uuuuoh…» «Uuuuah…». Una ligera brisa marina resbala por mis pómulos como la caricia inocente de una ninfa juguetona y virginal. Olor a salitre. Hundo los pies en tibia arena blanca como sal fina. Sobre mí, un rumor lejano de gaviotas, mientras el delicioso canturreo va aumentando en volumen e intensidad. Uuuuoh… Uuuuah… Uuuuoh… Uuuuah…

Abro los ojos.
Ni recitales de sirena, ni brisa marina, ni arena blanca: El canto de una sirena, pero de la policía o de los bomberos, penetra en el cuarto desde la calle. El sol entra a cuchilladas en la habitación. Primera lección del día de hoy: En Chile no se estilan las persianas. Me yergo. Desnudo. Empapado en sudor. A mi lado, descansa el cuerpo de Lucía, igualmente desnudo y sudoroso. De pronto, se hizo verano. Estamos en febrero, y en Santiago hace un calor de esos que te exprimen la vitalidad y las ganas. Despego mi piel del colchón inflable y busco mis boxers y mi camiseta bajo el escritorio. Salgo de la habitación, con intención de ocupar el baño pero, al pasar por el salón, me cruzo con Lana, que ha madrugado y bebe a sorbos de un café humeante.

-Buenos días, Maikel, -susurra-. ¿Cómo has dormido?
Bostezo.
-De un tirón… ¿Te vas?
Da un sorbo y mira su reloj.
-Me tengo que ir a trabajar, pero a Aquiles no le toca hoy. Dice que os acompañará esta mañana a dar una vuelta, que conozcáis Santiago.

Aquiles es la pareja de Lana. Ambos son españoles y residen en la capital santiaguina desde hace casi dos años. Aquiles es geólogo, por lo que en Chile gana diez veces más de lo que podría ganar en España… Miento. En España, no ganaría un euro. Dependería de las prestaciones del Estado hasta que éstas se agotaran, como todo el que no es político o policía. Aquí tiene un trabajo de esos por los que a los de mi generación nos decían «niño, estudia». Lana es una antigua conocida de Lucía, pedagoga de profesión, y se ofreció a darnos alojamiento durante el tiempo que tardáramos en ubicarnos y en encontrar un apartamento.
Doy otro bostezo y me aparto las legañas.

-Joder… Qué dolor de cabeza… O es el Merlot que nos bebimos anoche o aún me dura el jet lag.
-En la cocina hay café soluble y algo de palta para hacer tostadas, si quieres.
-¿Palta?
-Aguacate. Aquí es común para desayunar.

En esta parte de la historia aún no lo sé, pero más adelante, me volveré adicto a esa mierda. De hecho, cuando la tarde anterior Lucía y yo recorrimos los alrededores del río Mapocho buscando algo con que llenar el estómago, acabamos teniendo nuestro bautismo de fuego con la comida basura de Chile por excelencia: El «completo».
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Sé lo que estáis pensando: en España un «completo» es otra cosa. El «completo» standard se compone de una salchicha vienesa en el interior de un pan para hot dogs, con acompañamiento de palta, tomate y mayonesa. Mientras devoraba ese Ctulhu calórico, me pregunté qué demonios era esa sustancia verdosa, esa «palta». Resulta difícil distinguir un sabor entre tal amasijo de gustos. Ahora lo sé: Es el cuarto jinete del apocalipsis gastronómico chileno, junto al kétchup, la mayonesa y la salchicha.

Las confusiones lingüísticas entre el español de España y el de Chile resultan jocosas, en principio, y durante nuestra primera incursión seria por las calles de la capital, Lucía se comporta como una niña que pregunta por todo y ríe por cualquier cosa. He de admitir que yo también me contagio de ese espíritu infantil. Sé que en este país las cosas están tan jodidas como en cualquier otro, pero el aire huele diferente, la luz es distinta y, hasta los choques inevitables con las personas que abarrotan las calles se me antojan como una nueva forma de darte la bienvenida.
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Esta parte de Santiago es tal como uno se imagina Sudamérica desde la perspectiva en España. Las calles están «vivas», gracias al revoloteo de miles de personas. Chilenos peinados con la raya en un lado y traje y corbata se confunden con turistas de enormes mochilas y éstos con los vendedores de mote con huesillos o sopaipillas, en una mezcla perfectamente heterogénea. A cada paso, alguien trata de llamar tu atención para venderte algo. Cada esquina huele a cigarrillos, a ketchup y a maní.

Esa mañana, también nos acompañan Mario (un primo de Aquiles que, al igual que  éste, vino a Chile a probar suerte en el campo de la geología) y su pareja, una enfermera risueña, pero parca en palabras, llamada Eugenia. Mario no lleva ni dos meses aquí, pero se comporta como si él mismo llevara la bandera nacional tatuada en el culo: Describe al chileno medio con tres o cuatro estereotipos pobres, pero certeros. Dice saber dónde se compra la mejor fruta y el mejor marisco. Entiende de añadas y de vinos chilenos, mejor que los propios chilenos. Y cuando le pregunto sobre el tema, me aplasta sobre toneladas de información sobre cómo tramitar mi visado. Eso sí, me ofrece algunos trucos valiosos para acelerar la vieja máquina burocrática chilena.

Recorremos los alrededores del mercado, siempre tras los pasos de Mario, que camina dos metros por delante del resto de nosotros.

El mercado de la Vega es una especie de centro comercial de la fruta y la verdura, donde los gatos duermen sobre las manzanas y los pescateros, para atenderte, dejan el polo de fresa al que hace nada daban lametones, sobre el hielo que conserva al marisco. Al pasar junto a un tenderete improvisado con unas cajas de madera, me quedo embobado mirando un puño americano que hay a la venta. Pasamos de largo y Lucía me dice: «¿Has visto eso? ¿Cuánto crees que costará?». Ni idea. Así que vuelvo a preguntarle al tipo del puesto. Éste me responde: «Dos lucas». Dos mil pesos. Unos tres euros. No está mal. Pero, ¿para qué quiero yo un puño americano? Cuando regreso junto al grupo, Mario me espera para decirme: «¿Por qué has hecho eso? ¡A esta gente hay que regatearle o se aprovechan de ti!» ¿Regatearle tres euros por un puño americano que ni he comprado? Relájate, tío.

Resulta llamativa la cantidad de lugares dedicados a los juegos de azar y a las tragaperras que hay en Santiago. Los hay por todos lados. Enormes salones lúgubres a los que únicamente accede la luz que entra por una minúscula puerta. Todos los ventanales están cubiertos por enormes rótulos adhesivos que lucen dados, tréboles o signos del dólar de tamaño triple XL. «Anímense a probar. Puede ser su día de suerte. Usted tiene cara de ganador», nos dice, al pasar, el chico de la puerta.

Por la avenida de la Alameda, encontramos otros comercios, muy similares a éstos, pero que en lugar de mostrar iconografía relacionada con el juego, lucen siluetas femeninas.

-Son cafés con piernas, -me informa Aquiles.
-Querrás decir puticlubs…
-No. Cafés con piernas. Son cafeterías normales, sólo que quienes te sirven son chiquillas en tanga… También son más caros, claro.
-Muy lógico.
cafes con piernas

Al final, pese a ser nuestro segundo día en Chile, acabamos por ir a un bar «español» a comer cebiche, -un plato peruano-, unos calamares a la romana y unas cervezas.

-Vais a flipar con esta gente, -comenta Mario, entre bocado y bocado-. Esto no tiene nada que ver con España.
-¿Por ejemplo? -digo.
-Por ejemplo, la sanidad. Más vale que no enferméis. La sanidad pública aquí es de puta pena. Puedes morirte en la sala de espera. Aquí, una urgencia es que alguien te haya clavado un hacha en la cabeza.
-Tampoco digas eso, Mario, -intercede Aquiles-. Los vas a acojonar.
-Yo me he hecho un seguro médico, -interviene ahora Lucía-. Maikel es quien tendría problemas, en todo caso.
-Bah, no será para tanto… Además, yo casi nunca voy al médico. ¿Qué más?
-¿Quieres más? ¿Sabes por qué hay tan poco paro en Chile? Porque emplean a tres personas para hacer el trabajo de una. Eso sí, pagándoles el sueldo mínimo.
-Tampoco es tan sorprendente. En España, los sueldos son una mierda y uno hace el trabajo de tres.
-Además, están los estudiantes…
-¿Qué pasa con los estudiantes?
-¿Que qué pasa…? ¿No has visto las revoluciones estudiantiles por la tele? Aquí, estudiar en la universidad cuesta un riñón. Tanto en las estatales, como en las privadas. La mayoría pide créditos al Estado para costearse los estudios, que terminarán de pagar cuando tengan cuarenta y cinco o cincuenta años. Todo ese esfuerzo, para que luego llegue gente de fuera, mejor preparada, y les quiten el puesto. La calidad de la educación es pésima. La mayoría de las privadas te regalan el título, con tal de que aflojes la pasta…

Gradualmente, mi atención se va desligando de las palabras de Mario, como si alguien le bajara la voz. Miro a mi alrededor y veo pasar a un par de chicas jóvenes con vestidos vaporosos de verano, gente que ríe y bebe de grandes jarras de cerveza como las nuestras, un joven gorrilla que, al recibir su propina, hace un gesto de reverencia al dueño del vehículo… y pienso para mí: «No puede ser tan terrible».

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