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Capítulo 6: Taxi driver

Maikel Werken

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El cielo luce el resplandor sepia y enrarecido de las primeras horas de una mañana de verano. El ambiente está fresco y depurado. Un Peugeot negro y destartalado, de capota amarilla, se sube a la acera y ejecuta un frenazo pretendidamente espectacular y no excesivamente calculado, situando el morro del vehículo a un metro escaso de nuestras piernas. Un cincuentón con la sonrisa de un camaleón y canas que le sobresalen de las entradas, como alambres retorcidos, arroja medio cuerpo por la ventanilla, -hasta donde le permite la barriga-, y pregunta, aún conociendo la respuesta:

-¿Les llevo?

El motor humea furioso como un dios cansado. Los focos esféricos e inexpresivos, como los ojos de un muerto, nos miran a nosotros, un par de guiris de cuidado: Gorra de cuadros, gafas de sol, pantalón pirata y minifalda, camisetas con iconografía tarantiniana y punk, dos maletas tamaño «melargodecasa» y sendas mochilas Quechua. ¿Quién, en nuestra situación, se iba a negar?

-¡A la terminal de bus de Santiago! ¡Y rápido! Ya llegamos tarde, -digo, una vez en el asiento del copiloto.

Lo de la prisa no es más que una mera excusa. Mario nos machacó tanto con su «manual de precauciones por Chile», que acabamos temiendo que los taxistas nos tangaran. Según él, conviene llevar la vista clavada en el taxímetro, instalado sobre el espejo interior del vehículo, y que ha de sumar cuatrocientos veinte pesos por cada kilómetro recorrido. Según Mario, muchos taxistas distraen a sus clientes con charlas banales, mientras el taxímetro trucado devora más de mil pesos por kilómetro. De este modo, al llegar a su destino, sobreviene el susto y el «Oh, mierda, no pensé que fuera a costar tanto».

El taxista se toma en serio lo de la prisa y nos propone atajar por la Diagonal. En dirección contraria a la estación de autobuses. Echo la mirada atrás y veo a Lucía con la ceja levantada.
-Nos han dicho que el camino más recto es por Eliodoro Yáñez, -dice ella.
-Señorita, el tránsito por Eliodoro a estas horas es muy lento. ¿No ve aquella fila de autos parados? No llegaríamos nunca.

El tipo parece tener razón. Hay una pequeña retención. Es la hora en que todo el mundo se dirige al trabajo.

-Vaya entonces por la Diagonal, pero insisto… tenemos prisa.
-No pueden ir con tanta prisa, jóvenes. No es bueno para el corazón, -se burla.
-Usted písele.

Y le pisa. Tan pronto dobla por la siguiente esquina y dispone de vía libre por la avenida Pedro de Valdivia, clava el pie en el acelerador y aquella tartana vuela sobre el asfalto. El Peugeot tiene más tirón del que cabría pensar a primera vista. Parece que la carrocería fuera de cartón piedra. Vamos realmente ligeros.

-¿Y de qué parte de España son?
-Nos ha calado. Del sureste. Murcia. ¿Le suena?
-Murcia… -dice, saboreando el nombre-. No. Nunca he salido de esta tierra… pero tengo un hijo viviendo en Alemania.
-Vaya…

Por el retrovisor veo que la mirada de Lucía no se despega del taxímetro.

-¿Y es la primera vez que vienen a Chile?
-Sí, venimos los dos a estudiar, -miento. No considero importante darle todos los detalles del viaje a un tipo al que acabo de conocer.
-Chile es un buen país. Una de las economías más fuertes de Latinoamérica… ¿Conocían algo de Chile antes de venir?
-Conozco a sus poetas, -digo, dándole bola, mientras regreso la mirada a Lucía que no se descuelga de la cuenta del taxímetro.
-¡Oh, sí! Nuestros poetas… Don Pablo… Huidobro…
-…Nicanor Parra.
-Claro, Nicanor… ¿Sabe que vive cerca de aquí?
-¿En serio? Pensé que ya había muerto.
-¿Muerto? ¡Nooo…! Vivito y coleando. Vive en Las Cruces, a unos doscientos kilómetros… ¡El antipoeta! ¡Ja!

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Desconozco el tono con que ha soltado esa última carcajada. Sólo sé que, en mi país, doscientos kilómetros no es, para nada, «cerca de aquí». Estoy a punto de soltar algún comentario amable sobre Chile, cuando mi cuerpo es lanzado sobre el salpicadero: Nuestro conductor ha frenado, frente al abismo de un semáforo en rojo, en el último instante. Me trago mis palabras. Una jauría de coches pasa ante nuestros ojos y yo, como quien no ha caído antes en lo más obvio, extraigo el cinturón de seguridad y lo abrocho en silencio.

En general, nuestro primer contacto con Chile había sido grato. Paseos por la zona turística. Incursiones por los barrios más degenerados, sin saber dónde nos estábamos metiendo. Sabores, olores, colores. Todo realmente novedoso y excitante. En la capital chilena, al menos durante el buen tiempo, hay cantidad de vida callejera: Música improvisada, teatro de marionetas y algún predicador de la palabra de dios, advirtiendo a los indiferentes pecadores que pasan por su lado. Cenas a base de marisco en casa de Lana y Aquiles, regadas con botellas de Cabernet-Sauvignon y Merlot de una calidad bastante aceptable y por un precio ridículo… Hasta conseguí un empleo al segundo día de llegar aquí. Fue, de hecho, por mediación de Lana que obtuve ese trabajo: Transcribir entrevistas para los servicios de empleo chileno. Sólo tenía que escuchar las grabaciones que me llegarían al correo y teclear. No parecía difícil. Me serviría para acostumbrarme al acento y mantener los dedos engrasados. No me iba a hacer de oro con aquello, pero era mi primera oportunidad de ganar algo de «plata» y no pensaba desperdiciarla.

-¡Miren, saluden!

Nuestro conductor nos señala a un vehículo blanco que circula justo delante de nosotros con un poste acoplado sobre el techo, del que sobresalen unas cámaras. Luego agita una mano y dice «hola» con los labios, como uno de esos espontáneos que hacen el idiota a las espaldas de los reporteros que cubren noticias en mitad de la calle.

-Son los de Google Street. Van fotografiando las calles. ¡Saluden, que luego puedan verles desde España!
-Déjelo, preferimos pasar desapercibidos, -dice Lucía, desde el asiento trasero.
-¡Cómo son los españoles! ¿No les hace ilusión?
-Tenemos un Facebook. Ya nos controlan suficiente, -digo, apoyando la tesis de mi compañera.

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El conductor y yo continuamos hablando de nada en particular, mientras el taxi se desliza, a gran velocidad, por una de las venas principales de Santiago. Disfruto del aire tibio de la mañana, balanceando el brazo fuera de la ventanilla, cuando noto la mano de Lucía zarandeándome el hombro.

-¿Lo has visto? -me susurra-. Acaba de pasar…
-¿Qué acaba de pasar? -digo, volviéndome.
-El taxímetro… Ha saltado más de mil pesos de golpe.

En ese momento, me quedo frío, no sé que decir. ¿Es posible que de todos los taxistas de esta ciudad nos haya tocado uno tramposo? Mi mente va aún más allá: ¿Acaso es éste un «impuesto» general para turistas?

-¿Ha dicho algo, señorita?
-¡El taxímetro! -dice Lucía, ya sin tapujos-. La tarifa es de cuatrocientos veinte pesos y he visto cómo saltaba más de mil.

Miro al taxista y éste me mira a mí. Los dos hemos perdido ya la sonrisa.

-¿Qué está sugiriendo? -pregunta socarronamente-. ¿Que les quiero robar?
-No sugiero nada. Le digo lo que he visto, -insiste Lucía.
Me giro y le susurro:
-¿Estás segura?
-Ya… no lo sé… me ha parecido, sí.

Opto por ir de frente. Afrontemos la verdad, sea cual sea:

-Verá, nos han advertido que algunos de estos cacharros están trucados -digo, señalando el cajetín por el que siguen corriendo los números-. No nos gusta que nos tomen el pelo, por eso vamos alerta.
-¡Pero si eso lo aprendimos de ustedes, de la Madre Patria! -dice, extendiendo su sonrisa de camaleón, de oreja a oreja.
-¿El qué?
-Lo de ser ladrones y corruptos.

Ya sí que no sé qué decir. O nos está timando abiertamente o se acaba de ofender y éste es su modo de expresarlo. Es cierto que «la Madre Patria», como él la llama, tiene un largo historial de ladrones y corruptos, que llega hasta nuestros días. Ante una verdad de ese calibre no puedo decir nada. Estoy seguro de que este tipo lee los periódicos. Me molesta, eso sí, que haya hecho uso del viejo argumento colonialista para darnos donde más nos duele. Pero puede que todo hayan sido imaginaciones de Lucía, que éste tipo sea un honesto conductor de taxi y que lo estemos juzgando mal, sólo porque Mario nos llenó de pájaros y de prejuicios la cabeza.

-Pues ya podían haber aprendido otra cosa. Lo de tapa y la caña, por ejemplo… -masculla Lucía, desde el asiento trasero.
-No se lo tomen a mal. ¿Adónde decían que se dirigían?
-A Concepción, -contesto, sin ánimo ya para charlas.
-Concepción es una hermosa ciudad. Mi ex mujer era de allí.

Lo que prosigue es un monólogo acerca de su ex mujer, de los años que estuvieron casados, -de la pasión desenfrenada de los primeros y del infierno de los últimos-, de cómo se largó con un argentino, con el que ahora vive al otro lado de los Andes…

-Lo mejor de todo es que no la he vuelto a ver… ¡Bien, ya estamos! ¡Fin de trayecto!

Las ruedas del Peugeot dan un nuevo bocado a la acera y vuelve a frenar, in extremis, frente a un puesto de sopaipillas. El vendedor ni se inmuta. Nuestro chófer sale vigorosamente del vehículo y nos extrae amablemente el equipaje del maletero. Luego, nos muestra otra de esas sonrisas reptilianas y nos dice:

-Son doce lucas, pero dénme sólo diez. Les hago descuento.

Lucía y yo cruzamos una mirada clarividente y nos rascamos el bolsillo para pagar a medias. El taxista me ofrece la mano y, aunque estoy algo noqueado por las circunstancias, se la estrecho.

-Bienvenidos a Chile… ¡Y cuídense!

Luego monta de nuevo en el Peugeot y baja de la acera. Los amortiguadores sueltan un quejido. Realiza un giro de ciento ochenta grados en mitad de la calle y desaparece entre decenas de taxis como el suyo. Camuflaje. Como camaleones en busca de insectos que atrapar con la lengua.

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Me barro el sudor de la frente con el dorso de la mano y arrastro mi maleta, pero ésta se niega a cumplir órdenes y hace amago de volcar. La enderezo, pero no se estabiliza. Me agacho para ver qué es lo que pasa y veo que una de las ruedecillas ha quedado trabada, hundida dentro del eje.

«Bienvenidos a Chile», murmuro. Arrastro como puedo el equipaje hasta donde está Lucía, frente al paso de peatones:

-Necesito cafeína. Vamos a buscar un bar.

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