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Capítulo 1: Mi país es una olla a presión y yo un guisante cocido

Maikel Werken

Te voy a contar la verdad. Pero será mi verdad.

No sé en qué estaba pensando y tampoco lo pensé demasiado. Un sábado tomé la decisión y, al día siguiente, ya había empleado el dinero que me quedaba en el banco en comprar un billete de avión a Santiago de Chile.

«Cuando el barco se hunde, las ratas son las primeras en abandonar». Piensa en mí como en una de esas ratas. O en este país mediterráneo, como en el Prestige. Hundiéndose. Horadando lentamente las aguas e infestando nuestras mentes de petroleo. Cualquiera de las dos visiones es válida.

Desde que empezara la «Gran Crisis» y lo de tener un sueldo fijo se volviera poco menos que una utopía, no hacía más que improvisar soluciones blandas a corto plazo: Talleres, concursos literarios, autopublicaciones…  Tiritas para una hemorragia que requería amputación urgente. Me había empeñado en creer que la sociedad de principios del XXI requería a gente de letras. Humanistas, filólogos, filósofos, poetas, periodistas o devoradores de pensamientos ajenos. Pobre niño imbécil. Todo fue un sueño. El que me vendieron mis padres. El que la Transición les vendió a ellos. Nadie preveía que un monstruo neoliberal-fascista con traje de chaqueta y látigo de siete puntas, esperara escondido a la vuelta de la esquina para darle por el culo al estado del bienestar. Del bienestar… Ésa si que era una buena ficción.

Se me agotaban las ideas. El dinero no iba a tardar en agotarse, de igual forma. Sólo tenía que dejar pasar el tiempo. Dejar crecer las uñas, el pelo. Las clases de escritura resultaban estimulantes a título personal. Me divertía. Y los pocos alumnos que acudían parecían divertirse también. Crear y contar historias es divertido. Pero no me iba a asegurar la jubilación aquello. Rayaba la supervivencia, como casi todos los parias de mi generación.
Insisto, no lo pensé demasiado. No soy de pensar demasiado.

Siendo sinceros: Hace siglos podía irte bien cruzando el charco si eras un asesino o te perseguían los acreedores. Así que… ¿Por qué no? El periodo de prueba serían seis meses. Los mismos que Lucía, mi pareja, pasaría allí en calidad de estudiante becada. Un barco que no tiene rumbo, puede atracar en cualquier puerto.

Y ése era todo mi equipaje: Algunas frases hechas y alguna esperanza… de algo.

La primera piedra en el camino se llama burocracia. Inevitable pasar por el aro. Indispensable el viaje a Madrid. Aquí es donde empieza esta parte de la historia: Yo, viajando en clase turista, a la búsqueda de la X en la casilla correcta. Yo, matando horas, como un psychokiller puesto de Tranquimazín. Leyendo «Nexus» de Henry Miller, mientras una tipa oronda, con tosera y halitosis, discute con su teléfono de última generación. No, él no puede responderte. Sólo es un maldito teléfono. Pero yo puedo huir a la cafetería del tren y pagar dos euros por un sucedáneo de café, que más tarde pasará factura a mi intestino. También puedo alimentar la vena de mi frente, en plan masoca, con noticias acerca de sobres, sobornos, corruptelas. No morirá un día esta gente del asco que produce en las personas…

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Madrid. Nunca me gustó esta ciudad. Madrid es una merienda de negros. Da la sensación de que la gente emplée todas sus energías para sobrevivir aquí. Como si, con sólo despistarse un segundo, alguien fuera y ocupara su lugar. La competencia se respira. La hostilidad se corta con navaja. Si España fuera un cuerpo que entrara en colapso, Madrid sería el corazón podrido para el que se reservaría la circulación de la sangre. Nunca me gustó esta ciudad. La ciudad en sí. Los edificios. Los atascos. La gente que no se mira a la cara… Créeme, si te dijera que ahora me sentiría como en casa.

Me esperaba en Atocha una prima de ésas que no conoces porque la última vez que hablásteis tú tenías ocho años y ella debió decirte algo así como: «Toma veinte duros y no te los gastes todos en chucherías». Estaba igual. Maldita sea, ella estaba igual que la recordaba. Lo que supone un halago para alguien de cierta edad. Yo no estoy seguro de eso. Pero era la verdad. Mi memoria es mala. Pésima. Pero ella estaba igual.

Rita, que así se llama, no me invitó a golosinas, sino a un café de verdad, mientras ella se trasegaba una jarra de cerveza y me repetía, por activa y por pasiva, el tipo de cosas que las mujeres de mediana edad les suelen decir a los hombres más jóvenes que ellas.

Yo sólo quería llegar a su apartamento. Una cena. Una cama. Pero me ofreció algo más: Una buena historia. La historia de dónde estaba mi madre el 23-F. El día del «¡Quieto todo el mundo!» y los carros de combate desfilando por la capital:

Mis abuelos la habían enviado a Madrid una temporada, ellos sabrían por qué. El caso es que por allí andaba mi madre, antes de ser mi madre, haciendo vida cosmopolita. Ese día, concretamente, habían avisado a Rita de que otro primo suyo había perdido un testículo montando a caballo. Él era jockey y ese día corría en el hipódromo de Madrid. La cosa, que puede tener su gracia, debía dolerle muchísimo. Rita invitó a mi madre a acudir junto a ella al hospital, para hacerle una visita al primo del testículo perdido, por una de esas cuestiones de compromisos, que se tienen en familia. Y fue encontrándose allí, en el hospital, cuando empezó la movida. De pronto, un militar con mostacho salía por el único canal de televisión, disparando al aire, mientras otro militar, de fondo, grita que «¡se sienten, coño!». Ahí empezaron los temores y las habladurías. Que si los militares no pueden tomar un hospital. Que si Franco ha vuelto. Que si esto, que si lo otro. A todo esto, Rita y mi madre, no tuvieron más opción que abandonar en el hospital al familiar de un sólo testículo y escapar, tomando un taxi, hasta el apartamento de Rita. Allí pasaron la noche. En vela. Sorbiendo sopa para el frío madrileño y mirando, sin pestañear, la carta de ajuste. Hasta que mi madre cayó dormida. Rita recuerda que a las tantas de la madrugada, la televisión comenzó a emitir dibujos animados. Bugs Bunny y esa mierda. A la mañana siguiente, un tal Juan Carlos, cuyos negocios familiares ahora andan en entredicho, salió por la televisión y solucionó la papeleta. Así de fácil. Los militares entregaron las armas y salieron del Congreso.

Y, mientras el sueño me pegaba los párpados, yo me preguntaba: ¿No podría salir ahora y solucionarnos el entuerto a los de mi generación?

No, claro que no.

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Capítulo 1: Mi país es una olla a presión y yo un guisante cocido Copyright © 2013 by Maikel Werken. All Rights Reserved.

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